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“Estoy dispuesto a someterme a mi acusadora”: César Freyre, torturado por Caso Wallace

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César Freyre, inculpado y torturado por el falso secuestro Wallace. Foto: red

Luis Miguel Ipiña*

Hace unos días, César Freyre, tuvo un audiencia judicial en la que se declaró culpable. Se trata del supuesto jefe de la banda de secuestradores que según Isabel Miranda Torres, la señora Wallace, como gusta que le digan, secuestró y mató a su hijo Hugo Alberto Wallace, hecho por el que seis personas más están pagando en prisión, y lo más grave que han sido bestialmente torturadas con el fin de que se declaren culpables del delito que se ha demostrado fehacientemente que es falso.

La señora Wallace tiene un gran interés en que se declaren culpables, con este fin y –como se menciona– ha mandado torturar a los que ella dice “implicados”: uno de ellos es Juana Hilda González Lomelí a la que con una declaración efectuada por las autoridades la hicieron firmar y en la cual “delataba” a todos los cómplices, detenidos por espectaculares como el de la foto y con las debidas torturas.

César Freyre también se declaró culpable. Posteriormente denunció estas torturas y negó su declaración anterior. Otro tanto sucedió con Jacobo Tagle Dobín, otro de los acusados. Mientras tanto, una implicada más, Brenda Quevedo Cruz, pese a que fue torturada y amenazada de ser inyectada con sangre infectada de Sida, siempre se declaró inocente. Lo mismo sucedió con uno de los hermanos Castillo, ambos implicados en el caso y delante del cual la señora Wallace reconoció que él no estuvo en el lugar del crimen, incluso que no habían hecho nada, pero se tenía que inculpar o le iría muy mal.

Pero el caso que nos ocupa ahora es la reciente declaración de César Freyre, en la que –dando la razón a su acusadora– declara que no fue torturado y que sí hizo todo lo declarado en audiencias anteriores donde además de inculparse él, inculpaba a los demás acusados. Esto ha llevado a numerosas personas a decir que “se ha vendido”. Al margen de que hay personas que atestiguan que vieron a la señora Wallace hablando varias veces con la madre de César, pienso que más que venderse por dinero, ya no pudo soportar tanta tortura.

Tengo en mi poder copias de unas cartas donde César escribe a unas tías y cuenta las varias veces que lo cambiaron de prisión y cómo era golpeado en cada traslado, siendo el último de una gran violencia que lo mantuvo días sin poder dormir. Durante días no le dieron la medicina que necesitaba para su pierna, al parecer padece el síndrome de Raynaud, lo que hizo que su pierna se fuese infectando con el riesgo de perderla. Por demás, significativas son sus últimas palabras:

“Tías tengo una intensa desesperación, hasta estoy dispuesto a someterme a mi acusadora. Tengo ganas de mandarle decir a la señora ahora que es lo que quiere que yo haga, con la finalidad que ya me quiten la consigna de tenerme así”.

Como se desprende de este fragmento de carta, hasta ahí llegó Freyre y ya. Más que su libertad, su deseo es que dejen de torturarlo, y para ello ha de complacer a la señora quien por encima de todo necesita tener un culpable para convencer que su hijo está muerto. Un caso por demás indignante, donde los acusados no tienen la posibilidad de una defensa justa, y hasta quienes lo defienden pueden tener represalias, como fue en mi propio caso.

Es absurdo pensar que Freyre va a declararse culpable sólo porque sí, cuando sabe que se juega todo el resto de su vida en la cárcel. En el caso de Juana Hilda –quien de igual manera dice Isabel Miranda que no fue torturada– es raro que delante de la policía se declare culpable, y a mí me cuente sin la más mínima presión que es inocente. Desde luego, difícil se nos pone el asunto a los que estamos seguros de la inocencia de estos jóvenes si ellos mismos se declaran culpables. De todas formas y tras haber estudiado el caso con detenimiento, sabemos que es así, y debemos alzar nuestra voz por ellos para que cese semejante injusticia.

*El autor es escritor vasco, propietario del blog “Carcel de Mujeres”. Su más reciente obra es Tras las rejas de Chiconautla.

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