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Florence Cassez es inocente (Milenio)

Fuente: Milenio

Por Román Revueltas Retes

El 27 de enero 2013

En Francia dan por seguro que Florence Cassez es inocente. Por eso, por haber vivido la mujer una aterradora pesadilla de siete años y haber padecido una colosal injusticia, por eso la recibieron con los honores que merece el héroe, el mártir. Era la vuelta a casa de uno de los suyos, el retorno de una compatriota que, sin siquiera haberse dado cuenta, se había visto envuelta en una historia espeluznante.

Imagínenla ustedes: una joven desembarca en un país extranjero e intenta abrirse paso como todos aquellos que emprenden una vida diferente en una tierra lejana; busca trabajo, procura contactos y amistades, sale a divertirse, hace turismo y, entre otras cosas, tiene un novio que, a la larga, le resulta incómodo por esto o por lo otro —por celoso, por posesivo o simplemente porque ya no lo quiere— de manera que, un buen día, termina su relación. Ha dejado, sin embargo, algunos objetos y muebles en casa de él y vuelve, en su compañía, a recogerlos. Y es ahí, cuando los dos van en la camioneta del presunto jefe de la banda de secuestradores, que la policía los detiene. Ella, ni enterada y segura de su inocencia, no llega a inquietarse demasiado, por más que la situación sea realmente dramática. Pero, curiosamente, la policía los retiene a ambos durante un día entero, sin presentarlos ante la fiscalía. Y, a la mañana siguiente, les hace escenificar un montaje para consumo directo de una televisión que, por vez primera, va a trasmitir en directo la aprehensión de unos peligrosos delincuentes. Florence aparece entonces en la pantalla como una más de los secuestradores y es automáticamente sentenciada por el respetable público, que no sabe de detalles ni de puestas en escena.

Luego, sin haber recibido la atención consular a la que tiene derecho porque la embajada de su país no fue notificada en un primer momento, es detenida sin mayores trámites ni averiguaciones. Comienzan ahí a conformarse los elementos del proceso, para sorpresa de una presunta implicada que nunca imaginó que las cosas iban a llegar tan lejos; en un comienzo los testigos ni siquiera la reconocen pero luego ocurre algo que, en la visión de los analistas franceses, de algunos especialistas de estos pagos y de la propia acusada, va a determinar fatalmente el desarrollo del sumario: enterada de una entrevista televisiva donde el señor García Luna narra los pormenores de la operación, llama al programa informativo y desmiente al secretario federal de Seguridad Pública: no fue capturada en el rancho Las Chinitas, como quiere hacerlo creer el responsable de la detención y como han mostrado las televisiones, sino un día antes, en la carretera México-Cuernavaca. Esa intervención le va a costar muy caro a Florence: ha desafiado directamente a un poderosísimo funcionario del gobierno mexicano, hombre de todas las confianzas de Felipe Calderón, y a partir de ese momento toda la maquinaria de un sistema de justicia tan corrompido y tan escandalosamente ineficaz como el nuestro va a ponerse en marcha para condenarla, fabricando pruebas si es necesario, presionando a los testigos, desechando aquellas otras pistas que sí debieran llevar a la detención de los verdaderos culpables, sesgando las investigaciones y, finalmente, conformando un expediente tan jurídicamente dudoso y tan insostenible que, miren ustedes, esa, y no otra, ha sido la razón por la cual los magistrados de la Suprema Corte de Justicia de la Nación la han puesto en libertad.

Hasta aquí, la historia tal y como la conocen la prensa francesa, el gobierno de Francia y una gran parte de la opinión pública de ese país. Y, con perdón, tal y como me la creo yo mismo (a excepción de la teoría sobre una posible venganza de García Luna porque esto, más bien, parece un asunto, bien común y bien corriente, de mera ineficacia en el desempeño de un aparato de justicia que, lo repito, está absolutamente podrido y poblado de funcionarios indiferentes, envilecidos, ineptos, ruines y tontos. Para mayores señas, miren ustedes la película Presunto culpable, una cinta, justamente, a la que un columnista francés hacía referencia lamentando que no se hubiera exhibido en la nación gala).

Y el problema, señoras y señores, es que no tenemos manera de defendernos porque, hasta nuevo aviso, México es un país que encarcela a demasiados inocentes y que deja en libertad a demasiados culpables. Quien quiera arremeter contra Francia y denostar a sus ciudadanos tendrá primero que reconocer que los franceses no linchan gente en las calles, no queman vivos a operarios de gasolineras y no entierran en fosas comunes a los extranjeros que cruzan su territorio (hablo de los centroamericanos que se adentran en estos pagos, estimados lectores) luego de haberlos mascarado salvajemente porque no los pudieron extorsionar o reclutar en sus filas.

Los magistrados de nuestro tribunal constitucional, al invocar la figura del proceso debido, han comenzado a restaurar la decencia de un país bárbaro y desordenado al que le falta todavía mucho camino por recorrer. Enhorabuena, señores ministros.

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